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Wednesday, May 11, 2011

Síndrome de fatiga crónico: historia de un fraude científico

El síndrome de fatiga crónico (CFS, por sus siglas en inglés) es una condición debilitante que afecta principalmente a sujetos entre los 30 y 50 años de edad. Los síntomas incluyen fatiga (duh), pérdida de memoria y concentración, dolor de garganta, dolor extremo en los ganglios linfáticos, dolor muscular, dolor de cabeza y cansancio extremo tras una mínima actividad física. Es una condición que afecta a 17 millones de personas a nivel mundial, aunque es muy difícil de diagnosticar. Durante años, los médicos han asociado este síndrome a alguna disfunción del sistema inmune o al estrés, sin embargo, en 2009 un grupo de investigación publicó un artículo cuya evidencia apuntaba a que el responsable de tales síntomas era un retrovirus. Los pacientes que durante años habían sido blanco de señalamientos por no poder sobrellevar el estrés, ahora arropaban dicha investigación y la apoyaban incondicionalmente: por fin se había descubierto que su mal no era psicosomático, sino una enfermedad provocada por un agente infeccioso. Pero por sus afirmaciones, esa publicación atrapó la atención de la comunidad científica y de inmediato fue blanco de críticas y señalamientos; los autores y sus datos han sido cuestionados y descalificados. He aquí una historia de fraude científico y los millones de dólares que hay detrás.

Judy Mikovits es una inmunóloga que trabaja en el Instituto Whittermore Peterson, en Reno, Nevada, cuyo financiamiento corre a cargo del acaudalado empresario Harvey Whittermore. No es difícil saber por qué gasto 5 millones de dólares en fundarlo: su hija sufre CFS desde hace 20 años. En 2006 creó el instituto junto a Daniel Peterson, un médico experto en CFS. El trabajo encabezado por Judy Mikovits (aquí) y publicado por la prestigiada revista Science, sugiere que el CFS está emparentado al virus asociado a la leucemia xenotrópica murina (XMRV, por sus siglas en inglés). Mediante cuatro técnicas, los autores muestran que de los 100 pacientes que tomaron para su estudio con diagnóstico de CFS, 67 estaban infectados con XMRV. Este virus fue descrito hace apenas cinco años (aquí), en un reporte que lo identifica y asocia a pacientes con cáncer de próstata. Estudios posteriores de diversos grupos de investigación confirmaron los datos (algunos ejemplos aquí, aquí y aquí) y ahora se sabe que el XMRV promueve una variante muy agresiva del cáncer de próstata. Retornando al CFS, los autores del reporte hallaron que el virus en cuestión era el mismo que el XMRV asociado al cáncer de próstata, no una variante ni otro virus de la misma familia, sino exactamente el mismo. Es decir, el XMRV era capaz (aparentemente) de producir cáncer de próstata y también CFS. La noticia fue difundida por importantes diarios, como el New York Times y The Wall Street Journal (aquí, obviamente, la noticia pasó desapercibida para los diarios de circulación nacional). La reacción de los médicos que estudian el CFS a nivel mundial no se hizo esperar y de inmediato trataron de identificar el XMRV en sus pacientes diagnosticados con este síndrome. Aquí comenzaron los problemas para Mikovits y sus colaboradores.

Utilizando las mismas técnicas para identificar el virus que usó Mikovits en su reporte, varios artículos de investigadores en diversos países negaron haber encontrado el XMRV en las muestras de sus pacientes con CFS (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí). Entre todos los estudios, se habían analizado muestras de más de 500 pacientes. Aquí algo empezó a oler muy mal, pero Mikovits defendía sus datos con los dientes. Dudaba de todos los grupos que no habían podido reproducir los resultados que ella reportaba con las mismas técnicas, y al verse acorralada, dijo que esos estudios adolecían de una prueba primordial: los autores no habían tratado de replicar el virus en cultivos celulares de los pacientes, lo cual, según ella, era una prueba irrefutable. Qué fácil, ¿no?, fijarse en la única técnica que no había sido utilizada y aferrarse a ella como último recurso. Esa postura, aparte de ser una clara patada de ahogado, en el fondo la autodescalificaba, porque en el quehacer científico las evidencias deben mostrarse desde varios enfoques. No basta con decir que una sola técnica es la prueba máxima. Si el XMRV es en parte el responsable del CFS, debe poder ser identificado mediante varios acercamientos. Para solucionar de una vez por todas el asunto, varios grupos de investigación decidieron poner punto final a la discusión y probar si el XMRV está asociado o no al CFS. Hace seis días, apareció el primer reporte al respecto (hay al menos uno más en proceso). Dicho estudio fue muy pulcro e incluyó pacientes que (i) residieran en la misma área geográfica (algunos argumentan que el área geográfica influye en la detección de ciertos virus), (ii) manifestaran el CFS desde hace varios años, (iii) que preferentemente tuvieran antecedentes de familia con cáncer de próstata. Adicionalmente, los autores incluyeron a 14 de los pacientes originales que Mikovits utilizó en su estudio (ojo: fue la propia Mikovits quien dio los datos de los pacientes a probar, es decir, ella “no tenía duda” que eran positivos para el virus). Usando todas las técnicas (incluida la replicación en cultivos celulares), los autores demostraron que en ninguno de los 150 participantes del estudio se encontró el XMRV. Los resultados son contundentes y no hay lugar a dudas: los datos de Mikovits son falsos.

Pero ¿cómo se llega a este punto? ¿Cómo puede un reporte ser construido a partir de datos inexistentes? Algunos virólogos coinciden en que todo puede tratarse de algo muy simple: contaminación. Una de las técnicas utilizadas fue el PCR. Esta técnica incluye un reactivo que es preparado a partir de ratones de laboratorio; tales ratones estuvieron en contacto con el XMRV descrito para el cáncer de próstata y al ser procesados, el virus se filtró al reactivo (los detalles pueden verse aquí). Es probable que esto haya generado falsos positivos. Pero es sólo una técnica, ¿qué pasa con las demás? No hay manera de explicar los resultados por una contaminación en las otras técnicas. Aquí la cosa se torna más oscura, porque Mikovits dice que puede reproducir una y otra vez sus resultados, que ha cambiado los reactivos cuyo efecto puede generar contaminación en la técnica mencionada y que sigue obteniendo los mismos resultados. “Confiaba” tanto en sus datos que urgía a todos los pacientes con CFS a tomar antiretrovirales similares a los que combaten el VIH. Y tomar esos medicamentos no es como tomar un analgésico. Son muy agresivos.

Regresemos al punto de partida: un acaudalado empresario recluta a una científica y le da recursos ilimitados para que investigue la causa del CFS. Y hablamos de millones de dólares. Bajo tal presión, Mikovits estaba obligada a presentar resultados concretos en un periodo corto de tiempo. Es probable que las primeras muestras hayan estado contaminadas y que eso haya sido el ancla para desarrollar lo demás. No podemos saber cómo fue el proceso subsecuente, pero a estas alturas, con los datos que la desmienten irrefutablemente, podemos imaginar que ajustó los datos y los forzó para que mostraran lo que ella quería ver. Los publicó en uno de los journals más prestigiados del mundo y así retribuía la millonaria inversión de Whittemore. Sin embargo, al tratarse de un tema relativamente “candente”, el escrutinio científico internacional no se hizo esperar y vinieron las pruebas desmintiéndola. Es curioso, porque a pesar de ser paradójico, la ciencia tiene una gran dosis de fe. Cuando se publica una investigación y se muestran datos concluyentes sobre un tema en específico, los científicos que estudian esa área en particular confían en esos datos y asumen que son verosímiles. Con esto se da por sentado que un ladrillo más se ha agregado al conocimiento y redireccionan o reenfocan sus investigaciones en base a ello. En este caso, cuando otros grupos quisieron reconfirmar que el XMRV estaba asociado al CFS, la discrepancia fue muy evidente. La historia de los fraudes científicos es vasta y este es un ejemplo claro de cómo, en un par de años, un reporte que mostraba resultados muy novedosos fue desmentido, rechazado y desechado. Un dato más para abonar al escepticismo: Daniel Peterson, el cofundador del Instituto Whittermore Peterson, abandonó el proyecto poco después de la publicación de Mikovits. Aludió motivos personales y agregó que el sentido de esa investigación en particular había tomado direcciones que no tenían su consentimiento. Aún no es claro cuál será el destino de Mikovits en el Instituto o la academia, pero una cosa es clara: el empresario que ha desembolsado tantos millones de dólares en este asunto no debe estar nada contento. Y al final de todo, ¿qué provoca el CFS? Nadie lo sabe con precisión, pero todo parece indicar que los señalamientos iniciales son ciertos: fallas inmunológicas y/o estrés. Si por casualidad estás leyendo esto y tienes CFS, tendrás que seguir lidiando con los detractores que señalan al estrés y la depresión como los únicos responsables. Tal vez tuvieron razón desde el principio y sí estás bien pinche mal de tu mente.

Friday, June 11, 2010

"Creación" de vida en un laboratorio: ¿nos están engañando?

El 20 de Mayo de este año se publicó en la revista Science un artículo (aquí) cuyo título le dio la vuelta al mundo en unas cuantas horas: “Creación de una célula bacteriana controlada por un genoma sintetizado químicamente”. Los titulares en periódicos, revistas y blogs anunciaban con bombo y platillo que se había logrado crear vida sintética en un laboratorio. Las notas aclamaban el hecho como uno de los avances científicos más grandes de todos los tiempos y vaticinaban desde la producción de combustibles limpios a partir de microorganismos, hasta la cura de enfermedades como la diabetes. Pero, ¿realmente se creó vida sintética en un laboratorio? ¿En verdad es este un avance científico notable sin precedentes? Veamos.

Craig Venter es un conocido biólogo estadounidense que se catapultó a la fama por ser uno de los pioneros en el proyecto de secuenciación del genoma humano. Pero también es un prolífico empresario que sabe vender muy bien sus ideas y busca constantemente temas de muy alto impacto. Con la fusión de varios centros de investigación financiados por capital privado, fundó en 2006 el Instituto Craig Venter, en San Diego, California. Fue allí donde se desarrolló el trabajo que ha sido objeto de sensacionalismo en las últimas tres semanas. Para entender íntegramente los experimentos que se realizaron, primero debemos hacer un poco de historia: Venter y su equipo publicaron en 2008 y 2009 (aquí y aquí) un par de artículos en cuyos principios se basa el más reciente trabajo de la célula “sintética”. Haré una burda analogía para explicarlo: Imaginen que tienen a un caballo en el laboratorio con todos los órganos intactos, pero le han extraído el corazón. Sin este vital órgano el caballo no puede desarrollar función alguna y por lo tanto carece de vida. Ahora imaginen que tienen la capacidad técnica de transferir, conectar y acoplar el corazón de una cebra al caballo en cuestión. Voilà!, los órganos del caballo comienzan a funcionar y eventualmente es capaz de moverse y adoptar el comportamiento de un caballo normal, todo gracias al corazón de la cebra. Algo similar logró el equipo de Venter en 2008: Aislar el genoma de Mycoplasma capricolum (bacteria que provoca una enfermedad respiratoria en cabras) y transferirlo al “esqueleto” de Mycoplasma mycoides (su prima hermana que provoca la misma enfermedad pero en vacas). Para lograr esto, se extrajo el DNA completo de M. capricolum y le fue implantado a una célula vacía de M. mycoides. Para detallar el término célula vacía, observen las figuras y compárenlas.


















Figura: Célula normal vs. célula vacía


Decimos que es una célula vacía porque le fue extraído el DNA y por lo tanto no puede realizar ninguna función; es como si le hubieran extraído el corazón. Sin embargo, posee las membranas intactas y la forma se mantiene; al implantarle el DNA de su prima hermana, la célula comienza a funcionar con la única salvedad que ya no posee las características de
M. mycoides, sino las de M. capricolum. Para entenderlo mejor, es como si le hubieran transplantado el corazón de la cebra al caballo, pero resulta que con ese corazón el caballo empieza a producir las rayas características de una cebra. Con este interesante experimento se había demostrado que era posible (y funcional) el intercambio de genomas entre especies bacterianas cercanamente emparentadas, aunque claro, en condiciones controladas dentro de un laboratorio.

En el artículo publicado hace tres semanas hicieron exactamente lo mismo: Implantar el DNA de M. mycoides en una célula vacía de M. capricolum. El experimento fue exitoso y la célula que estaba vacía pudo vivir y reproducirse gracias al genoma implantado. La gran diferencia y lo novedoso aquí radica en que, todo, absolutamente todo el genoma que implantaron fue sintetizado químicamente, es decir, fue producido en un laboratorio. Debemos aclarar que hace casi treinta años se ideó la metodología que permite sintetizar en un laboratorio las bases químicas (componentes) que conforman el DNA (más detalles sobre el DNA aquí). Hoy en día existen compañías que se dedican sólo a sintetizar pequeños fragmentos de DNA, ya que su uso en los laboratorios es muy extensivo (más información aquí). Con un costo aproximado de 40 millones de dólares, el equipo de Venter sintetizó en su totalidad el genoma de M. mycoides. Lo sobresaliente del trabajo radica en haber implantado exitosamente un genoma 100% sintético en otro organismo. El avance técnico es que ahora sabemos que un genoma sintetizado en un laboratorio puede “echar a andar” una célula vacía. Pero ojo, no es lo mismo copiar y transcribir un libro en un idioma desconocido que entederlo a cabalidad

Dejemos de lado los tecnicismos y discutamos: ¿esto significa que se ha creado vida nueva en un laboratorio? La respuesta es NO y hay un par de argumentos sólidos para fundamentar la respuesta: i) la forma de vida que se “creó” no es nueva. Esencialmente, lo que se hizo fue una recreación de una forma de vida bacteriana existente, con la salvedad de que el genoma utilizado fue prostético (sintetizado en un laboratorio), ii) incluso si se hubiera sintetizado un genoma muy diferente a lo conocido hoy en día, la célula con el genoma sintético fue construida modificando una forma de vida existente. Por eso es importante tener claro que lo único completamente sintético fue el genoma; pero la célula vacía ya estaba allí. Siendo muy estrictos, diríamos que sería una nueva forma de vida sólo si la célula entera fuese sintética; partir de cero, de la nada, no como aquí, donde parten del “esqueleto” de una célula que obviamente ellos no sintetizaron. El reporte de Venter y sus colaboradores es un avance importante en nuestra habilidad para manipular los organismos (conocida como ingeniería genética); no representa la creación de vida desde cero.

Las reacciones que ha generado la noticia entre la gente que centra sus esfuerzos en la bioética (y que no tienen una formación científica) resultan interesantes y desubicados, por decir lo menos. En su afán de vender sus proyectos como la gran revolución, Venter les ha hecho creer a muchos incautos que él y su equipo crearon una nueva forma de vida en un laboratorio. Por ello, gente como Mark Bedau, profesor de filosofía en el Reed College, Oregon, señala que: “…en un futuro la célula sintética podría ser radicalmente diferente a cualquier forma de vida que haya existido en la Tierra.” Además advierte: “Nadie sabe las consecuencias de crear nuevas formas de vida, debemos esperar lo inesperado.” Esto tiene una enorme dosis de ciencia ficción y está muy alejado de lo que podría ocurrir realmente. Si en un futuro se lograra sintetizar un genoma radicalmente diferente a cualquier forma de vida, las probabilidades de que funcione son mínimas, por no decir nulas. Francamente, los científicos no entendemos ni sabemos la suficiente biología como para crear vida. Aunque el proyecto del genoma humano abrió grandes expectativas hace algunos años (por citar un conocido ejemplo), no hay un manual de instrucciones que dicte cómo se tiene que ensamblar para producir una célula viva. Imagínense, es como si trataran de armar y hacer funcionar un Jumbo Jet basándose únicamente en una lista con todas las partes que lo conforman. Imposible. Otros van más allá y se desgarran las vestiduras para que aquellas hipotéticas nuevas formas de vida no sean liberadas al medio ambiente. Vaya, los que creen esto asumen que se habrían superado todas las limitantes técnicas e intelectuales y que habría nuevas formas de vida creándose por allí en los laboratorios. Si esto ocurriese (insisto, la probabilidad de que pase tiende a 0), no tendrían de qué preocuparse. Seguramente serían bacterias inestables que sólo podrían sobrevivir adecuadamente dentro de condiciones controladas. Liberarlas al ambiente casi aseguraría su desaparición, ya que la todopoderosa selección natural entraría en acción y tendrían que competir con organismos que llevan allá afuera millones de años, y si han persistido no es por casualidad. Por último están los filósofos que debaten si el vitalismo finalmente ha sido desechado de una vez por todas. El vitalismo es un término acuñado por Henri-Louis Bergson, quien postuló en el siglo XIX que la vida no podría explicarse sólo en términos mecanicistas y que nunca podría crearse artificialmente; que detrás habría una “élan vital” o fuerza vital que distingue inequívocamente lo orgánico de lo inorgánico. Los filósofos intentan desechar este concepto refugiándose bajo el artículo de Venter y sus colaboradores. Pero vuelvo a lo mismo: NO se creó vida en un laboratorio (No quiero decir que creo en el vitalismo, sólo ejemplifico el abanico de debates que se han abierto).

Sin duda, el trabajo de Venter y sus colegas tiene importancia porque aporta un ladrillo más a las bases de nuestro conocimiento en ingeniería genética. Pero es fundamental no dejarse encandilar por todo lo que se está diciendo allá afuera: es un avance técnico, pero no un avance conceptual ni mucho menos el comienzo de una revolución que conlleve a la creación de organismos a gusto de cada quien. El propio Venter dice que con su trabajo se ve muy cerca el momento en que las bacterias produzcan energías limpias y que, básicamente, se podría empezar a salvar al planeta, entre otras linduras (¿ahora entienden porqué hice hincapié varias veces en la personalidad magnánima de Venter?). No se dejen engañar, para que eso ocurra se deben derribar barreras que actualmente parecen inamovibles. Y es muy probable que nunca ocurra, pero si ocurre, ni tú ni tus hijos lo verán. Promesa de microbiólogo.

Ps: El domingo 13 de Junio a las 21 hrs., Discovery Channel presentará un especial de una hora enfocado únicamente al trabajo que acaba de presentar Venter, así como el impacto que tendrá en el futuro. El anuncio adelanta que nos lo querrán vender como la panacea. Estaré atento a ese programa y publicaré en los comentarios mi opinión.